La investidura

Hay dos modos de analizar el debate de esta semana: Por los discursos y por el sentido final del voto. En política, como en toda representación, apariencia y realidad no siempre coinciden. En Zapatero discurso e intenciones no coinciden casi nunca. Es decir, que su retórica, tan hueca como eficaz, oculta una realidad totalmente diferente. No es solo que mienta, es algo más profundo, es que actúa permanentemente.

Así, su idea de una España en progreso y libertad, tan empalagosamente reiterada como “leitmotiv” de su discurso, nada tiene que ver con la España real en profunda crisis económica e institucional, que Zapatero hereda de si mismo como Presidente del Gobierno.

Otra cosa es la táctica política que oculta ese discurso y que se manifiesta en la realidad de los votos a su investidura. Ha preferido quedarse “solo”, sin más ataduras para la legislatura que sus 169 diputados. Humillarse aparentemente a una segunda vuelta, porque sabe que es imposible matemáticamente una mayoría alternativa distinta en los próximos cuatro años, y él será, en consecuencia, quien elija, según sus intereses y circunstancias, la pareja del baile.

Para el terrorismo, siempre podrá intentar engañar de nuevo al PP. Para continuar la desvertebración de la España de las autonomías, en el camino hacia la confederación iniciado con el Estatuto Catalán, siempre podrá contar con el PNV y con el BNG. Irá sumando así, paso a paso, nuevas áreas de poder en el calendario electoral a un año vista. Con CIU siempre podrá pactar una abstención que le permita sacar los presupuestos (“la pela es siempre la pela”).

“El viaje al centro” que aparenta el nuevo Zapatero, no es más que la retórica de un viaje de retorno al centro de si mismo: Al Zapatero de siempre, más suelto y más Zapatero que nunca. ¡Nos vamos a enterar!

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