Mi viejo amigo y ahijado de bodas, Camilo José Cela, me regalo un precioso facsímile de los cuadernos manuscritos en los que escribió su “Viaje a La Alcarria”.
En ellos y con él aprendí a amar esta tierra dura y amarilla de la nueva Castilla, a descubrir sus pueblos aún ignotos, a escuchar a sus gentes de sabiduría española y velazqueña, a rezar a la sombra de sus centenarias espadañas.
Este fin de semana, desde Pastrana – el segundo lugar del mundo con más místicos por metro cuadrado- me retiré a la soledad sonora de nuevo entre el Convento y la huerta en los que San Juan de la Cruz escribió su “Cántico espiritual”. Don Hilario, párroco de Esquiriche, dice la misa a las monjas que aún sobreviven en el convento de San Jose, que fundara Teresa de Jesús. Me invitó a conocer Esquiriche, su Iglesia del siglo XV, recién restaurada. Es una nave entre sillares y contrafuertes, de techo alto de vigas de madera, que alberga un bello retablo mariano. Es decir, para que no haya equívocos, del ser solamente humano más alabado de la creación: La Virgen María.
Esquiriche tiene 250 habitantes, de los que viven allí 180, casi todos más allá de la mediana edad. No estaban todos en la plaza, pero todos los que estaban me conocían y me saludaron con afecto. Juan Miguel, que tiene un pequeño puesto de hortalizas, no quiso cobrarme las judías verdes que traje a casa. Todos eran del PP. El alcalde también, aunque estaba trabajando en el campo, porque hay que aprovechar el fin de semana. Salió a saludarme su mujer, tiene una hija médico en Madrid, también del PP. Hay en el pueblo un socialista, que va a los plenos.
“¿Qué estáis haciendo hijos, que está pasando en el PP? ¿No veis que somos muchos los que confiamos en vosotros? ¿Por qué tanto personalismo y tanta ambición, con lo que tenemos en frente?”.
Lo dicho; en la Alcarria parece siempre hablar al sol el espíritu de la sabiduría.





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