Que veinte años no es nada

A mi amigo Pedro le gusta cantar. Desde que le conozco siempre ha saludado o despedido nuestros encuentros con algún estribillo, casi siempre de habaneras. A mi amigo Pedro le dormían de niño con el arrullo del mar, es decir, cantándole habaneras; se le abrieron los ojos con el reflejo del sol de Torrevieja sobre la mar tranquila y se le fueron los primero anhelos tras los surcos de espuma azul que abrían en el mar los barcos de sal.

Cuando conocí a Pedro Hernández Mateo ya era mozo, y conocía cada rincón de Torrevieja, cada recodo de sus calas; los conocía y los quería. Como a Pedro en su pueblo: Todo el mundo le conocía y le quería.

Por eso fue alcalde por primera vez hace veinte años con el apoyo de muchos que no eran de su partido. Y se instaló luego en sucesivas mayorías absolutas hasta hoy. Pedro hizo realidad, año tras año, la Torrevieja que había soñado.

En estos veinte años Torrevieja ha cambiado mucho, es verdad. Ha multiplicado por cinco su población, ha cambiado su fisonomía pero no su idiosincrasia. Pedro también. La diferencia entre nuestros recuerdos y nuestros sueños pasa por la vida real, por nuestro yo presente, que le da continuidad a la vida misma. En Torrevieja han cambiado el puerto, las calles, los accesos, las playas, las plazas, los servicios públicos… y hasta las calas. Pedro también. Ya no tiene la cintura con la que fue capaz de conseguir el apoyo hasta de sus rivales; pero lleva el cuerpo lleno de costurones de las heridas de los envidiosos. Ya no fuma dos paquetes de rubio cada día, y ha endurecido el gesto; pero tiene la misma fortaleza.

Dentro de cincuenta años, cuando ya no estemos aquí casi ninguno, Pedro tendrá la mejor plaza o calle de Torrevieja con su nombre concedido por unanimidad de la corporación municipal. Volverá a conseguir la unanimidad pero, para entonces, Pedro ya estará con Ricardo Lafuente cantando habaneras al otro lado mar.

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